Una lectura llena de oración ...

La palabra libera, es bien conocida, también despierta, sana y reconstruye. Que Dios, por tanto, haya elegido este medio para entrar en contacto con el hombre, debe asombrarnos: si Dios habla al hombre, si lo oye, lo escucha, comprende, responde, si se establece entre hombre y hombre, su creador una verdadera relación, Alimentado por palabras verdaderas, amistad verdadera, o incluso, para muchos, un amor profundo y verdadero, ¿qué puede ser más normal que esta Palabra que despierta, sana y reconstruye?
No es de extrañar, entonces, que la Palabra cambie profundamente el corazón del hombre. "Habla Señor, tu siervo escucha", esta respuesta del joven Samuel a la insistencia de la voz divina debe ser la de todo cristiano. Sin embargo, es cierto que hoy, esta Palabra se vuelve inaudible: choque televisivo, déficit de lectura, sería tedioso enumerar los motivos de la pérdida de la cultura bíblica de nuestras sociedades modernas.
Sin embargo, ¡leer la Biblia no es fácil! Dios a veces tiene un lenguaje discreto, ¡que algunos pueden encontrar oscuro! Y surgen las mismas preguntas: ¿dice la Biblia la verdad? ¿Podemos confiar en él? ¿Deberíamos tomar todo literalmente y si no, hasta dónde llevar la interpretación? A estas preguntas de siempre, se añaden las que surgen hoy en la forma misma de leer los textos: ¿se debe intentar hacer una interpretación crítica del mismo o se debe privilegiar un enfoque más espiritualista, orante, de la oración monástica, un enfoque ahora conocido? como “lectio divina”?
Es a través de la palabra que Dios se da a conocer y es a través de la frecuentación asidua, regular y cuestionadora de esta Palabra que el hombre, poco a poco, aprende a responderle. Este diálogo entre Dios y su pueblo, diálogo que siempre es fecundo si se renueva constantemente, no es ajeno a todos los diálogos que nos unen.

(Extracto de la Revista "Croire")